Por Mario Valverde M.
Los bares de los jóvenes son apretados; se baila casi sin espacio, ya no se danza, no corre el cuerpo por la pista. Se trabaja en medio metro tipo call center; los buses transitan llenos de ciudadanos; las aulas se cargan de treinta y cinco o cuarenta estudiantes, al menos las de escuelas y colegios públicos; los autos hacen fila en las carreteras, ya nada importa tener un súper auto, como todos estás condenado a hacer fila. Fila para comer, fila en los bancos, fila para matricularse, fila en los hospitales del estado, fila para morir…
Desde esta masificación, se hace imperioso mostrarnos, en lo físico (gimnasios llenos), HEME AQUÍ; en lo intelectual, publicar rápido, grabar lo antes posible, HEME AQUÍ; en lo económico mostrar cuánto tengo, lo nuevo tecnológico, HEME AQUÍ; en lo rebelde con los tatuajes al desnudo y cada vez más, como especie de murales en mi cuerpo, HEME AQUÍ.
Caminamos por las tiendas, moles, peor que las hormigas, al menos ellas se comunican químicamente, o las aves que migran con su placenteros vuelos unidas a las estrellas y sus sonidos, o danzan, pienso en los flamencos rosados de los Andes. Pero nosotros y nosotras caminamos solos; los otros ya no existen, ahí están, pero son otros. Simplemente van y vienen, compran y se alejan.
Por eso, cuando la cámara los (nos) enfoca, ejemplo, en los juegos de cualquier deporte, nos exaltamos, gritamos, decimos HEME AQUÍ, gritamos somos, hemos salido del mundo invisible, del infierno helado del consumismo. Pero ironía, el Paraíso de la Visibilidad solo dura unos segundos, HEME AQUÍ, y de nuevo me hundo para siempre en el glaciar de los hielos eternos de la sociedad anónima: LA GLOBALIZACIÓN CONSUMISTA.
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