marzo 30, 2011

Objetos

Por Mario Valverde M.
Los objetos toman vida cuando se van pegando a nuestras historias de vida; a los instantes que se reducen a los recuerdos del alma.

De tanto interactuar se nos meten como semillas entre los minerales y la tierra profunda, abren surcos amigos de nuestras soledades. Los objetos también nos juegan pasadas imposibles. La bola del jugador de tenis lanzada al contrario que pega en la net, sube, baja y cae de su lado en la última jugada. Pero también está la bici de segunda con marca y nombre Robin Hood, traída por el niño Dios en Navidad, que nos llevó por todos los caminos del barrio y nos acompañó en el dolor de la rodilla raspada y sangrante. Y el osito de peluche de la niña que lo abraza en las noches de miedo, ahora en el armario que la adolescente saca de vez en cuando… y le habla. Y la imagen de las postales compradas en la pulpería, con su número, la nueva y la repetida “la tengo, no la tengo”. Hay objetos que juegan al escondite, ahí están y no los vemos: la corbata que no encontramos, el peine entre las docenas de cosméticos; las llaves del auto y en la prisa para el trabajo no se dejan aparecer. A quienes creen que los objetos se burlan, nos llaman, nos acompañan y hasta viven en el sub-consciente y en el trabajito escarbador de los psicoanalistas y nuestros sueños en su mundo aparte… y la canción de Nat King Cole que no se nos va…” y tú contestando: quizás, quizás, quizás…”. Con la muerte no solo se nos va el tiempo y el espacio, también nos abandonan las COSAS.

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