Mario Valverde M.
I
Uno quisiera agarrar el tiempo y ponerlo patitas para arriba. Dejar que el tictac dejé de sonar. Darle vuelta a la agujas y llevarlo cuesta atrás, congelarlo en esos instantes que nunca creímos que se nos iban de las manos, como los besos furtivos de los amantes. Quedarnos por un ratito en aquella conversación de nuestra amistad, resolviendo el mundo de las profundidades de nuestra crisis existencial, mientras afuera el mundo seguía en su rutina del tráfago infernal. ¡Qué importa, quedarnos en amores sin esperanza! O en las risas complacientes de juventud o en las caminatas circulares de días eternos, con propuestas locas que se acababan no más cuando dábamos el primer pasito para despedirnos.
Pero como las flores de mi jardín, todo se presenta y todo dice adiós, quedando los recuerdos en ráfagas de aire que cruzan el espíritu de un tiempo perdido (Proust en mi memoria), y la palabra y el arte, para arrancarle a la nostalgia una única derrota posible, sobre todo un salto a la imaginación para no morir en el intento de lo absurdo de no poder asir lo que se nos va entre las manos.